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Docencia y gremialismo 

 

Eduardo López y Mariano Denegris

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La Nación – Nota – Opinión – Pag. 31 – 08/02/2017. Cada año, al despuntar el mes del carnaval, un aquelarre de opinadores recita una serie de lugares comunes sobre docentes, alumnos y la importancia de la educación, de la que se acuerdan una vez cada doce meses. El razonamiento que hilvana estos poco originales latiguillos podría resumirse en la siguiente afirmación: “Los docentes toman de rehenes a los alumnos porque sólo les interesa su salario y no la educación”.
A pesar de su evidente reduccionismo, cumple varios objetivos a la vez. Sirve para demonizar a los trabajadores de la educación cuando se organizan para demandar sus derechos laborales y también achata todos los reclamos a la cuestión salarial. Los gurúes educativos y sus multiplicadores renunciaron a debatir si el salario docente es una variable relevante en la política educativa o si los niveles de su remuneración son acordes con la tarea que desempeñan. Prefieren aceptar que los sueldos son bajos y deberían aumentarse. Sin embargo, piden que prime la “vocación” y, de fondo, lo que cuestionan es que estos “apóstoles laicos” hayan decidido organizarse sindicalmente.
La supuesta dicotomía es una falsedad histórica y presente. Oculta que, lejos de obturar la preocupación pedagógica, la sindicalización de los docentes la profundizó. Asumirnos como trabajadores no implica dejar de sentirnos “maestros y maestras”. Supone construir esa identidad desde una decisión consciente y no desde la asepsia. Precisamente, el congreso fundacional de la Ctera en Huerta Grande, en 1973, donde por primera vez se usa el término “trabajadores” para designar a una federación nacional de docentes, establece primero el proyecto educativo y después los reclamos vinculados a derechos sectoriales. Más tarde, la Carpa Blanca tuvo como objetivo central evitar la descuartización del sistema educativo que buscaba el menemismo. La misma desintegración que hoy propugna el ministro Bullrich al pretender borrar la paritaria nacional docente.
Las demandas actuales de la Ctera no se limitan a planteos laborales. Involucran la necesidad de ampliar las escuelas de jornada completa, avanzar en la universalización del nivel inicial y profundizar los acuerdos de formación docente, área que está siendo vaciada por el actual gobierno. También planteamos reorganizar el tiempo de trabajo docente para que los profesores puedan dedicar su tiempo a una o dos instituciones y ese tiempo contemple planificación, capacitación, producción, reflexión, etc. Sin embargo, esto no genera el apetito mediático.
No sólo es falaz que reconocernos como trabajadores degrade nuestro compromiso con la educación, sino que cuanto más nos organizamos más fuerte ha sido este compromiso. Y esto no es producto de un par de dirigentes gremiales, sino de la voluntad organizada de miles de docentes. La campaña desatada con ferocidad contra la paritaria nacional docente, sus organizaciones sindicales y sus más conocidos dirigentes no es más que el instrumento para correr el escollo que se interpone entre una concepción mercantilista de la educación y la rica tradición de la escuela pública. Sin embargo, se equivocan al creer que ese obstáculo está formado sólo por “los gremios”. El freno que impide hacer de la educación un mero negocio son los docentes, las familias, los estudiantes. Ese freno al desmantelamiento de un sistema educativo nacional está formado por el conjunto de la comunidad educativa.
López y Denegris son, respectivamente, secretario General y secretario de Comunicación de la UTE. LA NACIONOpinión

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